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LA CULPA ES DE D.I.S.N.E.I. (Digital)
Una comedia romántica fresca y divertida tan real como la vida misma.

SINOPSIS:

Blanca es profesora de instituto. Toda la suerte que le falta en el amor la tiene con sus cuatro amigas: Clara, Ave, Pam y Lucía. Entre ellas existe una estrecha relación, donde las confidencias, la lealtad y la sinceridad rigen sus vidas. Entradas en la treintena, todas, excepto Clara, que está felizmente casada, ansían encontrar ese amor que las haga sentir especiales. Pero ¿cuáles son las claves para entender a los hombres?

Parece que las cosas empiezan a cambiar para Blanca cuando aparece Fuentes, un profesor suplente que llega para cubrir una vacante. Un flechazo acertado hará que se enamore perdidamente de su apuesto compañero. Ambos tienen algo más que una relación estrictamente laboral, pese a las sospechas de Blanca acerca de él y de su pasado.

La culpa es de D.I.S.N.E.I. es una novela escrita con grandes toques de humor, con mensajes positivos y, como la vida misma, con un poquito de misterio.

 

FICHA TÉCNICA:

Fecha de publicación: 15/12/2015
186 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-84-08-14805-0
Código: 10132033
Presentación: Epub 2
Colección: Contemporánea






IMÁGENES
OPINIONES de los lectores La culpa es de D.I.S.N.E.I.
15/12/2015
PRESENTACIÓN de La culpa es de D.I.S.N.E.I. en Biblioteca Salvador García Aguilar
21/10/2015
FAN ARTS La culpa es de D.I.S.N.E.I.
15/12/2015


Lee el primer capítulo

1

Cuando miro hacia atrás, me da vértigo. No es que ahora esté muy arriba, pero es
que antes estaba muy abajo. Y no lo hacía sola, mis locas amigas me
acompañaban en el camino. Para echarnos de comer aparte. Pero, como todo en la
vida, las cosas tienen su tiempo, su espacio y su modo de ocurrir.
Hoy he quedado con Pamela, una de las chicas. Ave, Clara y Lucía no
pueden acudir esta vez. Casi siempre nos citamos en la misma cafetería; nos
encantan las vistas que tiene y, sobre todo, que sepan lo que queremos tomar. Sí,
ésa soy yo, la mujer más práctica del mundo, pero nadie me puede negar lo
cómodo que resulta llegar a un local y, con tan sólo saludar al personal, al que
llamas por su nombre, poder centrarte en un único objetivo: buscar la mejor mesa
con las mejores vistas. Y es que adoramos esos atardeceres, esos frondosos
árboles, esas selváticas palmeras, esos hombros pegados a una enorme y perfecta
espalda del tío con el polo negro de la penúltima mesa... Uf, cómo nos gusta este
sitio.
Me quedan cinco minutos, y mato el tiempo dando color a mis agraciados
labios, mientras suena en mi móvil la canción Color of my lips,* de Omi. Me
recreo con mi carmín rojo de Chanel, pues estoy segura de que Pam (que es como
nosotras la llamamos), para variar, llegará tarde; la puntualidad nunca ha sido su
fuerte, cosa que me exaspera de una persona. Pero a las amigas se las quiere tal y
como son, así que me contoneo mientras hago mi ritual frente al espejo.
«Mierda, me he salido del labio.» Normal, si no paro quieta. Rápidamente
me echo a reír, pues la culpa no ha sido mía, sino de Omi.
* Color of my lips, Promotional Track, interpretada por Omi. (N. de la e.)
6
Una vez solucionado el rítmico accidente, me dispongo a salir, cuando
suena mi móvil. Es un WhatsApp de Pam diciéndome que ya sale.
«A buenas horas, mangas verdes», pienso al leerlo.
Como si de una peli se tratase, ambas llegamos al mismo tiempo a nuestro
local favorito. Hace un día precioso y, tras los saludos, decidimos salir a la
terraza. En apenas unos segundos, Joan, nuestro camarero preferido, llega con sus
contoneos hasta nosotras, con su repleta bandeja en la mano.
«Un día de éstos, la tira fijo.» No puedo reprimir una sonrisa al pensarlo.
—Aquí tenéis, chicas, los cafés y los vasos de agua bien fresquita.
—Gracias, perla —dice Pam.
—Gracias, Joan —murmuro yo, todavía con la sonrisa en la cara.
—De nada, mis niñas. Si queréis algo más, ya sabéis dónde estoy —dice
mientras se gira para volver a la barra de dentro, con un estilo que ni la mismísima
Cindy Crawford.
Joan es un encanto. Es un chico de padres catalanes, más joven que
nosotras, tendrá unos veintipocos años. Adora su trabajo y, sobre todo, poder
atender a los macizotes asiduos a la cafetería. Como él dice, «alguno caerá algún
día».
—Blanca, lo que tengo que contarte hoy... —comenta mi amiga.
—Soy toda oídos —respondo mientras doy vueltas con la cucharilla a mi
café y me embriago con su olor; sin duda, uno de los mejores del mundo.
—¿Recuerdas el último chico que conocí, hace dos semanas?
—¿Cuál de ellos? —pregunto levantando levemente los hombros.
—El camionero.
—¿El morenazo de metro ochenta?
—Ese mismo. Pues verás: por motivos de trabajo, sólo viene cada tres días y
apenas hemos podido vernos. Pero la tensión sexual que surge entre nosotros es
muy grande, ya sabes cómo me ponen los morenos.
—No me había dado cuenta —me mofo.
Comentario [ros1]: Sugerencia:
“llevando en la mano una repleta bandeja”.
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—Qué pava —dice mientras se ríe y me da un suave golpe en el brazo—.
Bueno, te sigo contando. El caso es que anoche estuvimos hablando mucho
tiempo por teléfono. Y ya sabes cómo va esto, la conversación fue a más, una cosa
llevó a la otra y…
—¿Y? —pregunto al ver que no termina la frase.
—Que acabamos haciendo sexo telefónico —murmura simulando ponerse
sonrojada, mientras se tapa la boca.
—¡Toma moreno!
—Sí tomé, sí —dice poniendo los ojos en blanco, y añade—: Ay, Blanca, no
sabes cómo me puso. Tenía a las niñas acostadas, y allí estaba yo, en mi
dormitorio, jugueteando con el tiarrón, bueno, con su voz. Cuánto saben estos
hombres.
—Sí saben, sí. Y, sin entrar en detalles, ¿aguantó? —Las sonoras carcajadas
hacen que nos miren los de las mesas contiguas.
—Pues, para mi desgracia, no.
—¿Qué les das?
—No sé si soy yo, o el ojo que tengo para elegirlos, pero el tema es que,
apenas empezaba yo, el señorito había acabado.
Ambas reímos. Las escandalosas carcajadas hacen que nos miren de nuevo
los de las mesas cercanas, pero, como siempre, poco nos importa.
—En serio, Blanca, ya no sé qué hacer —confiesa—. Preciso un hombre
que me dé lo que necesito: cariño, mimos, bienestar, buen sexo, que esté muy
bueno y, ya puestos, que sea moreno, alto y con los ojos verdes.
—Sí, claro. Si fuese bibliotecaria, te diría que la sección de ciencia ficción
está en la tercera planta.
Volvemos a reírnos abiertamente, y esta vez no nos miran. Como es
habitual, cuando hay unas locas que no paran de carcajearse, acabas por
ignorarlas.
Adoro a mis amigas, y ellas a mí. Nuestras ganas de vivir nos las
contagiamos las unas a las otras, lo cual venero. Siempre estamos contándonos
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nuestras historias con humor y positividad. Y lo cierto es que todas queremos lo
mismo: ese hombre perfecto al que poder admirar y respetar.
En mis sueños lo imagino alto, castaño, de ojos azules, con espalda ancha y
brazos fornidos. Un hombre que me trate como a una princesa, que sea educado,
con buena presencia, que me haga reír, que sea cariñoso y buen amante. Vamos,
lo que viene siendo un hombre. O, más bien, un alien, porque, a no ser que lo
descubra en un libro o lo disfrute en una película, por la calle, hoy por hoy, no lo
he visto. Y mis amigas, tampoco.
Clara es la única del grupo que está casada; ella nos da consejos y
opiniones, que, casi siempre, ignoramos. Lucía, como yo, está soltera, pero ella
cuenta con un amigo especial; no quiere que le llamemos novio, nos lo ha
prohibido. Avelina, Ave para nosotras, está divorciada y tiene un niño. Pam
también se divorció hace tres años y tiene dos crías. Ambas son verdaderas
supervivientes, pues crían solas a sus respectivos hijos y trabajan para sacarlos
adelante. En realidad, todas somos luchadoras, cada una en su batalla particular,
pero gladiadoras que combaten juntas cuando las contingencias nos miran de
frente.
Pam y yo seguimos hablando de nuestras historias. Le cuento la
conversación que mantuve con el guapo de mi vecino el otro día. El chico está de
toma pan y moja, pero es más tonto que hecho de encargo; es lo que yo
normalmente llamo un viceverso, chicos que dedican el noventa por ciento del
tiempo a cuidar su cuerpo, porque el otro diez por ciento lo gastan en mirarse al
espejo.
—Pero están muy buenos, Blanca —dice la ultradefensora de los hombres
impecables—; son tipos de revista.
—En eso tienes razón, sirven para posar y estar en silencio —replico.
Nuevamente, en la terraza, se oyen nuestras carcajadas, que se ven
interrumpidas por la llegada de Joan.
—Contadme ahora mismo a qué viene tanto cachondeo, que me tenéis en
ascuas.
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—Lo tuyo es puro marujeo, Joan —se mofa Pam, que no puede parar de
reír.
—Chicas, ya sabéis que lo mío es obtener sabiduría. Venga, decidme de qué
buen mozo estabais hablando.
—De mi vecino Mario, un tío increíblemente guapo, a la par que tonto —le
informo, aún a sabiendas de que querrá saber más—. No es para ti, mi amor.
—Ya me estás enseñando una foto —me exige ofreciéndome la palma de la
mano.
—¿Para qué quieres verlo, si no merece la pena? —pregunto mientras
agarro el móvil.
—Niña, ya sabes cómo es mi pasión por la cultura, y un adonis no me lo
pierdo por nada del mundo.
Busco la foto del perfil de Mario en el WhatsApp, y se la enseño.
—¡Virgen del Pompillo y de la teta al hombro! —suelta Joan al verla, con
los ojos abiertos como platos—. ¡Qué hermosura de hombre, y yo con estos pelos!
—Tú estás muy guapo, pero él es muy tonto, así que olvídate —sugiero
afablemente.
—Blanca, no le digas eso —me riñe cariñosamente Pam—, que se está
culturizando.
Esta vez somos los tres los que reímos abiertamente. ¡Todo sea por la
cultura y el arte!
El móvil de Pam y el mío suenan a la vez y Joan me lo devuelve; es un
mensaje del grupo de las chicas.
Lo envía Clara; nos pide que vayamos a su casa esa misma noche a las diez,
tiene algo muy importante que decirnos y nos ruega que vayamos todas. Pam y yo
nos miramos y, acto seguido, contestamos a nuestra amiga:
«Allí estaremos».






García de Saura

Autora Novela Romántica





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