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REINA DE ÁGUILAS

Una novela de fantasía urbana romantasy, con viaje en el tiempo, comedia e intriga. Número 3.

 

Agusterra, siglo XV

Durante siglos, las águilas han protegido el reino con mayor poder del continente, gracias a la valentía del Águila Imperial, según la leyenda.

El fallecimiento de su último rey reúne a todas las casas reales, y Kazum se ve obligada a viajar hasta Reino de Águilas para presentar sus respetos. Aunque no será el viaje, sino la conversación que escucha antes de partir en los jardines de palacio, lo que cambiará su destino para siempre.

El libro de la leyenda recoge quién es su nueva Reina de águilas, y sus escritos han sido puestos a salvo para preservar su verdadera identidad.

Agusterra esconde demasiados secretos ocultos y su ley magna corre peligro.  

Durkán es atacado y obligado a huir del reino para salvar su vida. Él ya no es el mismo con el paso de los años, aunque hay algo que jamás ha perdido: su sed de venganza.

Un viaje en el tiempo, un retrato que lo cambiará todo, una mujer valiente, un incendio devastador, una inesperada transformación, muchos secretos ocultos y un reino que proteger.

«Acercarte a tu enemigo te permitirá conocer sus debilidades, te facultará para vetar su ataque y te aventajará en la batalla para poder vencerlo».






IMÁGENES
CARTA DE VIGAR
03/07/2024
REINO DE ÁGUILAS
30/06/2024
REINOS DE LOBOS Y HALCONES
30/06/2024
MAPA REINA DE ÁGUILAS
27/06/2024


Lee el primer capítulo

Prólogo

Halcusterra, Siglo XV

Su Alteza, la princesa Kazum, paseaba a solas por los jardines de palacio, como cada tarde, al comienzo del ocaso. Solo entonces prescindía de sus cuatro doncellas y abandonaba la torre, cuando los rayos de sol teñían de color dorado el cielo tras los muros, formando parte del fondo de aquel tranquilo y apacible escenario que ella tanto disfrutaba. La luz de las velas, que sostenían los candelabros anclados a los muros junto a las antorchas, comenzaban a dibujar las primeras sombras de la noche sobre la hierba y los pasillos de piedra sobre los que la princesa caminaba. La fragancia de las flores que los siervos se encargaban de cuidar embaucaba su mente hasta calmarla, procurándole el sosiego que tanto necesitaba para reencontrarse con sus recónditos y ocultos secretos. Aquel era su momento preferido del día. Y su lugar predilecto, alejada del ensordecedor ruido que, desde hacía más de tres años, reinaba en el castillo por culpa de sus sobrinas y de la salvaje de su hermana.

Caminar por los jardines le permitía a Kazum distanciarse de toda aquella algarabía, que no hacía más que aumentar su desaliento. Aquellos muros que durante años creyó suyos, ahora tenían otro regente encargado de velar por ellos: Jurón. Conocido anteriormente como el Guerrero Rojo, y por el que ella siempre había suspirado, Jurón resultó ser su hermano, cambiado al nacer para salvaguarda de la infamia de Mengut, antiguo rey y tío de ambos.

Mengut, haciéndole creer que ella y su hermana Visú eran hijas suyas, mintió y escondió demasiados secretos, todos ellos imperdonables. El rey que Kazum había admirado, venerado y respetado por encima de cualquier otro desde pequeña, acabó siendo la persona que más la traicionó y el hombre que amenazó con degollarla. Crecida y criada en el engaño, la princesa solo descubrió la verdad tras la llegada de Lúnam.

Lúnam, antes conocida como Teyra, cuyo título era princesa de Reino de Lobos, llegó a Reino de Halcones como prometida de Lafet, hijo de Mengut. Su compromiso garantizaba la unión de ambos reinos y la continuación del linaje. Un linaje que, basado en el engaño y la traición, no llegó a consumarse. Lúnam era en realidad la Reina de halcones, los animales sagrados del reino, y con la ayuda de estos, sacó a la luz la verdad y acabó desenmascarando al farsante de Mengut y a su hijo. Ambos murieron en un sangriento enfrentamiento con los halcones y su Reina. Y fue entonces cuando el trono fue ocupado por el auténtico y legítimo rey: Jurón, al que siempre creyeron hijo de un granjero.

Jurón contrajo matrimonio con Lúnam. Habían pasado cuatro años de aquel día y Kazum todavía seguía recordándolo. Para ella no fue fácil aceptar que el hombre del que siempre estuvo enamorada era en realidad su hermano, y aún menos verlo desposarse con Lúnam, recién llegada al castillo.

Pero Lúnam pronto se ganó el corazón de todo el reino, incluido el de Kazum. Su cuñada había traído consigo la armonía y la paz…, hasta que nacieron sus hijas, las dos alborotadoras y bulliciosas gemelas. Egulán e Isukán, que así era como se llamaban las pequeñas, habían alcanzado y sobrepasado la edad de los tres años y aún seguían siendo tan ruidosas como cuando se pasaban el día llorando en sus diminutas cunas. Eran dos monstruos que revolucionaban todo allá donde fueran. Sus padres y la tía Visú estaban enloquecidos con ellas, pero para Kazum tan solo eran dos consentidas a las que se les permitía en demasía. Eran molestas, estridentes y tan escandalosas como lo era su hermana cuando apenas levantaba unos palmos del suelo. Visú, su melliza, siempre había sido una insurgente, una rebelde que parecía haber nacido para desobedecer y contradecir las normas innatas a alguien de su posición como miembro de la realeza, y su continuo acercamiento a las niñas afectaba en groso modo el comportamiento de estas. Kazum no soportaba verlas a las tres correteando por el castillo, que se presentaran sin pudor alguno embadurnadas de barro y hierbajos cada día ante el rey y la reina, o peor aún, que les permitiera montar a caballo a tan temprana edad. La princesa temía a aquel animal más que a cualquier otra cosa, debido a una caída que sufrió de pequeña y que la mantuvo durante semanas empotrada en una cama. Los caballos eran bellos, pero muy peligrosos, y le costaba entender que a Sus Majestades no les importase que la loca de su hermana expusiera a las niñas a tal riesgo. A pesar de sus insistencias, Kazum no podía concebir que ni siquiera ellos les recriminaran por tan agrestes e indómitos actos, y le molestaba que nadie estuviera de su parte o atendiese a sus peticiones.

Por eso, aquellos paseos al atardecer, acompañada únicamente por el apacible silencio y el embriagador perfume de las hermosas y coloridas flores que había plantadas en el jardín, conseguían aportarle a Kazum la paz que tanto anhelaba. Una paz que, pese a sentirse agradecida por poder disfrutar una vez al día, también traía consigo uno de sus mayores temores. La soledad.

Rodeada de gente que no lograba comprenderla, la princesa se sentía sola y desamparada frente a un incierto destino que ella misma cuestionaba. Su monotonía solo encontraba sosiego cada tarde, cuando se permitía fantasear con el hado que ella soñaba con alcanzar. En esa vida recreada que ella idealizaba durante sus paseos por el jardín, Kazum se despojaba de sus miedos, fingiendo un pasado feliz en el que crecía sin ser traicionada. Un pasado en el que sus verdaderos padres aún vivían y donde todo eran risas y armonía. Y un futuro en el que, con tan solo cerrar los ojos, se imaginaba reinando su propio castillo junto a su esposo. Su Alteza visualizaba incluso las audiencias, sentada en su trono, acompañada de un hombre digno de su posición. Un hombre que la comprendiera, que entendiera sus valores y la importancia de lo regio, así como la grandeza de la soberanía. Alguien que la guiara en el camino y la acompañara hacia una vida llena de riqueza, enalteciendo y ponderando la magnificencia de la monarquía, tal y como era merecedora.

Sus anhelos, en los que Kazum se sumergía con apaciguador sosiego en los jardines de palacio, fueron interrumpidos aquella tarde de primavera, cuando un halcón mensajero trajo consigo una misiva urgente. Después de varios años de paz en el país, sin batallas ni guerras que lidiar, sin preocupaciones más allá de las propias de gobernar una nación, Sus Majestades, los reyes de Halcones, recibían la triste noticia del fallecimiento de un rey cercano a su reino.






García de Saura

Autora Novela Romántica





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