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HOUSTON, TENEMOS NUEVE SEMANAS Y MEDIA
Si te gustaron Houston, tenemos más de un problema y Houston, tenemos una misión inn-posible, no te puedes perder la tercera y última entrega de esta saga romántica en la que predomina la comedia, la intriga y el erotismo, y que marcará las pautas de un romance más allá de lo convencional.

Cuando Vera fue liberada de su secuestro, jamás imaginó que se quedaría atrapada en los ojos de su salvador, el capitán Duarte. Infiltrado en la misión en la que Vera se vio envuelta, se ha convertido ahora en el principal objetivo de la protagonista.

Pero más allá del deseo, sus vidas están unidas gracias a una persona: Claudia, amiga de ella y hermana secreta de él.

A falta de nueve semanas y media para la boda de Claudia en Houston, y presionada por Daniela, la tercera e incondicional amiga de ambas, Vera se propone no sólo que los hermanos se conozcan, sino también que Claudia acepte reencontrarse con su madre, Paqui, una mujer que oculta un secreto que pondrá en riesgo sus vidas.

Romance, intriga, erotismo y humor te esperan en esta historia con la que concluye la saga y en la que se desvelarán las incógnitas que han quedado sin resolver desde el inicio.








Lee el primer capítulo

Capítulo 1

Un sabor agridulce me acompaña cuando me despierto. Anoche estuve con mi capitán. Pasamos una velada increíble; cenamos en un nuevo restaurante que han abierto en mi barrio. Todo iba bien, hasta que me acompañó a casa. Muy a mi pesar, y para no variar, no hubo tema, fiesta o como puñetas quiera llamarlo. No sé a qué espera para meterme mano o, mejor aún, acostarse conmigo. Llevamos varias semanas quedando…, que si un cine, una cena, un paseo por el centro de la ciudad. ¡Chorradas! Yo quiero que me empotre, que me enseñe lo que oculta esa ropa que tanto le sobra y que no me deja ver lo que hay debajo, que me suba, que me baje, que me dé vueltas o que me ate, ¿qué más da? No soy delicada. Pero que me lo dé. Lo he probado todo, y no ha habido manera. A estas alturas creo que ni las chicas de La Mansión, de las que tanto he oído hablar, me ganarían en las artes de seducción que he usado para llevármelo al huerto. Y lo más curioso de todo es que sé que le gusto. Una mujer sabe ese tipo de cosas, no hace falta estudiar ni sacarse una carrera para saber cuándo le gustamos a un hombre. Es algo innato, como un sexto sentido que se activa cuando hay química. ¡Si hasta noto cuándo me mira el culo! He intentado por todos los medios que nuestra relación dé un paso más poniéndole anzuelos de todo tipo para que picara…, pero el muy escurridizo se me larga en el momento en que el hilo se tensa. Lo he invitado a subir a casa, me he insinuado hasta la saciedad y he dejado caer alguna que otra vez algo al suelo para agacharme de forma sinuosa y sensual. Pero ni con ésas he conseguido mi objetivo. Lo más que voy a lograr, como siga así, es que me salga alguna hernia de tanto encorvarme. ¿Por qué le cuesta tanto? Ésta es la pregunta del millón que no dejo de hacerme una y otra vez.

Me levanto resuelta a que hoy sea el día decisivo. Me siento fuerte y segura de mí misma, y no va a haber nada que me desvíe de mi propósito. Antes de meterme en la ducha hago mis cincuenta sentadillas. Puede que la gravedad empiece a notarse en la parte norte de mi cuerpo, pero lo que viene siendo la zona sur o mi retaguardia sigue estando en su sitio y en perfecto estado. ¡Ya querría la Jennifer López tener el culo que tengo yo! Lo de su cuenta corriente me lo salto; total, ¡debe de ser una mierda ser tan rica!

Tras intentar engañarme a mí misma, miro el reloj del baño y compruebo que sólo dispongo de media hora para salir pitando al trabajo. Por suerte, no soy como la Princess y voy sobrada de tiempo. Y que conste que no lo digo porque yo sea mucho más baja y tenga menos cuerpo que asear, que también, sino porque no soy tan pesada como ella. Ni siquiera la Sweet, pese a que se dedica a eso y se pone mil y un potingues en la cara, tarda tanto en arreglarse. Sonrío al recordarlas. Ay, mis chicas, ¿qué haría yo sin ellas? Al menos tengo a Daniela aquí, en Valencia, a ella la veo a menudo. Pero a Claudia…, ¡cuánto la echamos de menos! Desde que se marchó a Houston ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Los Ángeles de Charlie se acabaron, por mucho que nos cueste admitirlo. Todas las semanas hacemos videollamada para vernos y contarnos todo lo que nos ocurre. Aunque nada puede compararse con tenerla aquí con nosotras. Por suerte, nos veremos dentro de unas semanas. ¡Joder, la Princess se nos casa! Aún no me lo puedo creer. ¿Cómo ha podido cambiarnos tanto la vida en tan poco tiempo?

El agua de la ducha cae sobre mi cabeza y lo primero que pienso es que voy a perder el olor de mi capitán. Cualquier mujer enamorada podría entender lo que digo. Anoche, Duarte me besó en la puerta de casa (esto sí lo he conseguido, ¡ole yo!). Lo hace siempre que acabamos una cita. Me acaricio el labio mientras rememoro cómo fue ese momento. Me encanta cuando da un paso hacia mí, me atrapa la cara con las manos y me besa como si no hubiese un mañana. Cuando nuestros labios se juntan no existe nada más en el universo. Todo cuanto nos rodea desaparece: estrellas, planetas, satélites, la vecina chismosa del quinto… Los únicos que existimos somos él y yo. Bueno, y mi cama, a la que suelo oír desde el portal metiéndose conmigo por ser una perdedora que no consigue convencerlo de que suba. Mis alocados pensamientos fueron acallados rápidamente por la intensidad del beso de mi capitán. No sé cómo lo hace, pero tiene una forma de besar distinta de la de cualquier otro hombre. Tampoco es que yo sea una experta en la materia y haya probado a media ciudad, pero sus besos esconden poder, fuerza, autoridad…, y he de confesar que me desarman. Es ahí cuando le concedo la licencia, me rindo ante su innato dominio, y en mi mente grito mi habitual: «¡Viva el cuerpo!».

Hoy puede que me espere un día duro en el trabajo. Pienso en ello mientras conduzco hacia el centro comercial donde está la tienda de ropa y complementos de la que soy empleada. La vuelta al cole ha comenzado y ello invita a nuestras clientas a hacerse con la ropa de temporada. Mi jefa y yo apenas damos abasto. Tanto es así que, cuando llego tras dejar el coche en el parking, dos mujeres ya aguardan en la puerta a que abramos. Siempre había querido trabajar en una boutique de alta costura, con trajes de ensueño y zapatos de infarto. Debe de ser maravilloso estar rodeada de confecciones perfectas y telas majestuosas que se ciñen al cuerpo femenino como un guante. Pero ése no es mi caso, y mis clientas son mujeres de a pie, normales y corrientes, y de un estatus social medio, como el de la mayoría de las personas que conozco. O así era hasta hace unos meses, cuando Arthur o Dau no habían entrado en nuestras vidas. El futuro esposo de la Princess es dueño de un centro ecuestre allí, en Houston, mientras que el novio de la Sweet lo es de unas destilerías de whisky en Escocia y de una nueva que ha abierto aquí, en Valencia. ¿Y Duarte? El señor Duarte es capitán de la Guardia Civil, dueño de una pistola, unas esposas, y de esos ojos pardos que tanto me enloquecen. ¿Necesito algo más? Bueno, sí, su cuerpo, pero ése es otro tema.

La mañana se me hace más pesada de lo habitual. No veo la hora de poder irme a comer con la Sweet, con la que he quedado para vernos en nuestro restaurante favorito. Desde que hemos levantado la persiana, ha sido un ir y venir de clientas. Y cuando llega el momento del cierre, salgo escopetada a su encuentro.

—Hola, rubia —la saludo al llegar a la mesa donde me espera impaciente.
—Morena, llegas tarde.

Daniela trabaja en la televisión regional, y ella tiene más flexibilidad de horario que yo para poder salir antes.

—Lo siento, lo siento —me disculpo dándole dos besos, tras los que tomo asiento frente a ella.
—¿Alguna novedad? —me pregunta entrelazando sus manos sobre el mantel. La pobre lleva días aguantando mi desesperación por mi falta de avance con el capitán.
—Si te refieres a si he conseguido llevarme a Duarte al huerto, la respuesta es no.
—¿No será que estás perdiendo facultades?
—¡Sweet, a ver si te crees que porque te hayas echado un novio rico, guapo y cuadrado vas a venir a vacilarme! —me defiendo.

«¡Joder, dicho así, cualquiera lo haría!»

—No pretendo darte envidia, es sólo que…
—No hace falta que lo pretendas, te sale solo. La ligoterapia os sienta de maravilla.
—¿«Ligoterapia»?
—Sí, tía. Es el lifting facial que se os queda a todas después de ligar. Os brilla tanto la cara que encandiláis.
—Pero si tú estás con Duarte. ¿De qué te quejas? —pregunta entre risas.
—¿Me ves brillar? —inquiero inclinándome hacia ella señalándome la frente—. No, pues eso.

La camarera interrumpe nuestra estética conversación para tomarnos nota. La Sweet tarda bastante más que yo, pero por fin se decide y le indica lo que quiere.

—No sé por qué tardas tanto en decidirte, si al final te pides lo de siempre —me quejo cuando volvemos a quedarnos a solas.
—Ya, tienes razón. Supongo que es por si me da antojo al ver los otros platos.
—¡No me digas que estás…!
—¡No! Con Itziar, de momento, vamos servidos.
—Ya me estabas asustando. ¡Mira! —Vuelvo a inclinarme, pero esta vez para mostrarle el pelo—. Me acaba de salir una cana del susto. Entre la boda de la Princess y tu hijastra, tengo la sensación de quedarme atrás en la carrera.
—Primero…, no la llames hijastra, es horrible.
—Pues no sé cómo quieres que la llame —me defiendo.
—Por su nombre. Y, como mucho, es la hija de Dau.
—Vale, vale —digo mostrando las palmas en son de paz.
—Y segundo…
—¿Hay más?
—Esto no es una carrera, y además tú también has ligado.
—¿Yo? Si esto es ligar, que baje Dios y lo vea.
—Entonces ¿cómo llamas a salir con él?
—Eso es precisamente lo único que hacemos…, salir. ¡Si yo lo que quiero es justo lo contrario: entrar!
—Las cosas de palacio van despacio.
—Mira, tía, ni esto es un palacio, ni yo una puñetera princesa. ¡Te recuerdo que me gané el mote de Balay por algo!
—No veo qué hay de malo en que consolidéis la relación.
—¿Tú estás tonta o te has golpeado la cabeza al entrar? Sweet, que no necesito consolidar nada. Que yo lo que quiero es mojar, que me hagan un esguince chuminero y tener un hombre ibuprofeno.
—¿«Ibuprofeno»?
—Tía, hoy estás que te sales, ¿eh? ¿Cada cuánto tiempo hay que tomarse el ibuprofeno?
—Cada ocho horas.
—Pues eso es lo que necesito…, que me dé medicina cada ocho horas —afirmo enfatizando las palabras.

Daniela ríe a carcajadas en el instante en que la camarera nos sirve el primer plato y las bebidas.

—Estás loca —me riñe de forma cariñosa una vez que volvemos a quedarnos a solas.
—Lo que estoy es falta. Ya he perdido la cuenta del tiempo que llevo sin mojar.
—Madre mía, con lo bonito que es el principio.
—Habló la Nestlé.

Sus carcajadas acaban contagiándome.

—Tía, tienes que probarlo algún día. Que te embadurnen de chocolate y luego te…
—¡O te callas o te tragas el tenedor! —la amenazo apuntándola.
—Perdón, perdón.

La Sweet come mientras intenta en vano reprimirse la risa. Desde aquí puedo verle incluso las chiribitas que le salen de los ojos. He tenido que escuchar más de una vez la famosa anécdota de la batalla de chocolate con final feliz en La Mansión. Yo también quiero probar a untarme y que Duarte me lo quite todo a lametazos. Aunque, para eso, primero debo conseguir que traspase el umbral de mi puerta. Me da que hacerlo en la calle no sería lo más apropiado. Sonrío sólo de pensarlo.

—Que sepas que, en el fondo, me alegro de que estéis juntos —confiesa al cabo de un rato.
—Y yo me alegro de que te alegre.
—Lo digo por la parte en la que es bueno tener a un hombre que te apoye.
—Ahí está el problema. Que quiero que me a-polle y no lo hace.
—¿Por qué siempre piensas en lo mismo?
—Nestlé, cállate.
—Digo que me alegra que tengas a alguien, pese a que sabes que la idea de que salgáis juntos… no me hace ninguna gracia.

Gruño dejando a un lado el buen rollo, lo mismo que hago con mi tenedor.

—Dime la verdad, ¿por qué no quieres?
—Lo sabes perfectamente.
—Quiero que me lo digas tú —le exijo.

Daniela (ahora no me sale llamarla Sweet, porque la veo de todas formas menos dulce) deja también su cubierto sobre la mesa y se toma unos segundos para responderme.

—No veo bien que salgas con él sin que lo sepa la Princess.
—Sabes perfectamente que no me concierne a mí decirle la verdad. Hice una promesa, y mi palabra es sagrada. Deberías saberlo.
—Lo sé, te conozco desde hace años. Pero no veo bien que ambos vivan en una mentira.
—Te recuerdo que yo no tengo la culpa.
—¡Yo no he dicho que la tengas!
—Y ¿por qué no puedo salir con el hermano de mi mejor amiga? Dímelo. ¿Qué hay de malo?
—No es eso lo que quiero decir. Es sólo que vuestra relación se basa en una mentira, y no creo que…
—En una ocultación; no es lo mismo —argumento.
—Puedes llamarlo como quieras, Vera, pero no lo veo bien. Mientras Claudia no apruebe lo vuestro, no puedo verlo de otra manera.
—¿Acaso crees que necesito su aprobación para salir con alguien?
—No hablamos de un desconocido, hablamos de su hermano, por favor.
—¡Es que no entiendo dónde está el problema!
—¡No lo entiendes porque te niegas a hacerlo! Es muy sencillo: nuestra mejor amiga no sabe que tiene un hermano al que tú te quieres tirar.
—Visto así, soy la mala de la película.

Un silencio en forma de tregua se hace entre las dos, y lo aprovechamos para retomar nuestro almuerzo.

—¿Y si te dijera que lo quiero para que sea el padre de mis hijos? —pregunto de pronto.
—¿Lo dices en serio?
—Tal vez.
—¿Te has enamorado de verdad? —Daniela está tan asombrada que hasta se tapa la boca con la mano que le queda libre.
—Llamémoslo enchochamiento en primer grado.
—O sea, colada hasta las trancas.
—Enamorada, enchochada..., ¿qué más da? —cuestiono haciendo aspavientos—. El caso es que me gusta y que he hecho una promesa. Fin.

Daniela me mira en silencio. Más bien me estudia. Odio que haga eso.

—De acuerdo. Aceptaré lo vuestro con una condición.
—¿Perdona?
—Calla y escucha. Acepto si consigues que la Princess invite a su madre a la boda.
—¡Definitivamente te has golpeado al entrar!
—Lo tomas o lo dejas.
—Tía, ¡me pides un imposible! Sabes de sobra que la Princess no quiere saber nada de su madre.
—Tú y yo estábamos allí. Ambas vimos lo tierna que fue su despedida frente al ascensor.
—Y las dos sabemos que, tras ese día, no se han vuelto a hablar ni a dirigir la palabra.
—Tendrás mi aprobación si lo consigues.
—¡Sweet, por Dios, no puedes pedirme eso! Sólo faltan nueve semanas y media para la boda, y quieres que en ese tiempo consiga algo que no han hecho ellas en once años.
—Claudia merece saber la verdad.
—Lo sé —admito en un susurro—. Está bien, acepto —claudico al cabo de un rato.
—Me pregunto cómo convencerás a la Mère para que llame a su hija y consiga que la invite —me provoca llevándose un bocado a la boca.
—Hoy estás muy graciosilla, ¿sabes?
—Pero me quieres —se mofa regalándome su habitual carita de niña buena.
—No lo tengo claro —respondo con un sobreactuado mohín.

La cita con mi rubia amiga me deja de nuevo con el segundo sabor agridulce del día. Ambas pensamos lo mismo con respecto a Claudia. Debe saber que tiene un hermano, aunque no puedo ser yo quien se lo cuente. La verdadera historia que oculta su madre, por qué la abandonó hace casi once años y por qué nunca le ha dicho que no es hija única es un misterio que sólo Paqui sabe. Por lo que conozco a Duarte, él tampoco sabe que tiene una hermana. Fue tras mi rescate cuando, en un momento en que nos quedamos a solas, su madre me hizo prometerle que no le diría la verdad a ninguno de los dos. Cada vez que rememoro aquel instante, dudo si me impresionó más que me salvara o la noticia de que mi mejor amiga no era hija única, en contra de lo que siempre había creído. Sólo me atreví a contárselo a Daniela. Ella está conmigo y sé que guardará el secreto con la misma firmeza con que lo hago yo. Aunque, para mí, es mucho más duro. Soy yo la que tiene que disimular y controlarse en mis citas con Duarte. En más de una ocasión he estado a punto de cometer un error y de que se me escapase algún detalle. Por fortuna, no lo he hecho y, pese a que no ha sido fácil, he logrado controlarme y no he soltado nada que no debería.

La tarde se me hace mucho más larga que la mañana. Y aún más cuando, a punto de cerrar, recibo un mensaje de mi capitán.

Me ha surgido un problema. Hoy no puedo quedar. No me esperes. Ya te llamaré.

¡¡¡¿Que ya me llamará?!!! Pero ¿este tío de qué va? No sé si me fastidia más la forma en la que se ha despedido o que me deje plantada hoy, justo cuando tenía planeado que fuese MI GRAN DÍA. ¡Esto me pasa por colarme de quien no debo! Debo de tener uniformetitis, porque la forma en que me pillo por un uniforme roza lo enfermizo.

Para rematar mi manifiesta molestia y acabar de redondear la jornada, cuando me dispongo a apagar las luces de la tienda, aparece la Milka por la puerta.

—¡La que faltaba! —murmura mi jefa.

La Milka es una clienta de hace años, a la que apodamos así por ser más pesada que una vaca en brazos. Desde su primera visita nos dimos cuenta de que era la típica que se deja caer siempre a última hora para dar vueltas, dudar por todo, hacernos sacar decenas de prendas de sus perchas, para finalmente no llevarse ninguna o, a lo sumo y con suerte, una.

—No viene sola. Ya sabes lo que te toca —me indica.
—¡Qué emoción! —suelto en tono irónico.

La Milka tiene dos terremotos o fieras salidos del circo por hijos que, por ironías del destino, hoy vienen con ella. No es que no me gusten los niños, pero cuando estos dos vienen a la tienda se me quitan las ganas de tener alguno. Son más malos que el mismísimo demonio, y me ponen de los nervios cuando corretean y lo tocan todo con sus sucias manazas sin un ápice de respeto. Su madre los ha dejado sueltos, y no han tardado en escabullirse y dirigirse hacia la zona de ropa de niñas, al otro lado de la tienda.

—¡Qué cosa más fea! —oigo decir al mayor cuando llego hasta ellos. Debe de tener unos ocho años. «¡Ochos guantazos le daba yo!»
—Peor es esto —responde el otro, cogiendo el bajo de una falda blanca, monísima, por cierto.
—¿Qué necesidad hay de dejar las huellas dactilares? —inquiero al llegar hasta el más pequeño y arrebatarle la falda.

No es la primera vez que lo hacen. Para mi desgracia, no he llegado a tiempo de evitarlo, y gracias a sus fantásticas manos llenas de mugre, tendré que llevarla a la tintorería. El recuento de su última visita fueron dos lavados a descontar de mis comisiones.

—Esta ropa es fea —me contesta.

«¡Quién habló! El que si jugara al escondite nadie lo buscaría.»

—Es que no es para vosotros, eso es todo —respondo con la vaga esperanza de que se cansen y vuelvan con su puñetera madre.
—Lo que tienes para nosotros también es feo —suelta el mayor, uniéndose a su hermano.

«¿A que se traga la falda por gilipollas?»

—Todo lo que hay en esta tienda no vale nada —añade cogiendo una camiseta con las manos igual de sucias que su hermano menor y tirándola al suelo con desprecio.

El desgraciado niño es justo lo que me faltaba para sacar la ira que llevo reteniendo desde hace un buen rato. Las risas de los dos y la mala leche que ambos se gastan acaban por arrebatarme la poca paciencia que me queda, y opto por tomar una decisión drástica.

A un metro escaso de ellos, hay un pequeño mostrador sobre el que descansa una diminuta vitrina de cristal llena de diademas, pasadores ornamentados y demás complementos de niña. Es demasiado frágil y en más de una ocasión ha estado a punto de caerse. Mi intención siempre ha sido deshacernos de ella, pero mi jefa siempre se ha negado. Hasta ahora. Creo que el momento de que pase a mejor vida ha llegado.

—Entonces supongo que tampoco os gustan ese tipo de cosas —afirmo atrayendo a los críos hacia la dichosa vitrina.
—¡Menuda mierda! Es cursi y hortera.
—¿Cursi? —pregunto alzando la voz para que la Milka y mi jefa puedan oírme—. Di que no te gusta, pero…

No acabo la frase, de un manotazo empujo la vitrina, que acaba cayendo y haciéndose añicos contra el suelo.

—¡¿Qué habéis hecho?! —grito fuera de mí.
—¡Pero si has sido tú! —me responde el jodido niño en el mismo tono.

El estruendo y las quejas provocan que las mujeres se apresuren a llegar hasta nosotros. Los cristales esparcidos por el piso, las quejas de los niños, mi cara de asombro, la de «tierra, trágame» de la Milka y la de «la madre que te parió» de mi jefa son el más claro ejemplo del caos.

—Lo siento mucho —se excusa la clienta tras mandar callar a sus hijos. Como era de esperar, mi versión es mucho más creíble que la de los dos terremotos que tiene por hijos—. Mañana mismo vengo con dinero y te pago lo que cueste la vitrina.
—Tranquila, mujer, el seguro se encargará de…
—Me temo que no va a poder ser —interrumpo a mi jefa—. El seguro sólo cubre cuando hay daños personales, y por suerte no es el caso.
—Mamá, pero si nosotros no hemos sido —se queja de nuevo el más pequeño.
—¡Calla! Vámonos ahora mismo a casa. ¡Veréis cuando se lo cuente a vuestro padre! ¡Es la última vez que os traigo al centro comercial!

A punto estoy de ponerme a dar saltos de alegría, pero me contengo y únicamente me limito a asentir. La Milka vuelve a disculparse mientras va de camino hacia la salida tirando de sus hijos por el brazo. Mi jefa, parada a mi lado mientras contempla la escena conmigo, me susurra:

—Has sido tú, ¿verdad?
—Of course.
—Lo sabía. Te empeñaste en que teníamos que quitarla, y al final lo has conseguido.
—Su pago compensará el precio de la lavandería.
—¿Recuento?
—Una falda y una camiseta.
—¡Jodidos niños! Bueno, tampoco le tenía tanto cariño a esa vitrina. Anda, recojamos esto y cerremos, que ya está bien por hoy.

Cuando ya estamos cerrando, con nuestros bolsos colgados del hombro, oímos a una mujer preguntar tras nosotras:

—¿Estáis cerrando?
—No, que empezamos una fiesta y estamos creando ambiente. ¡No te jode! —suelto de mala gana. ¿Qué le pasa hoy a la gente?

La señora, a la que no debe de haberle gustado nada mi respuesta, se marcha quejándose. Como premio, recibo la mirada recriminatoria de mi jefa.

—Lo siento —me apresuro a disculparme.
—No pasa nada. No es la mejor respuesta que podrías haberle dado, pero tienes razón. La gente no se da cuenta de que también tenemos vida. A todo el mundo le gusta salir del trabajo cuando acaba su jornada; no sé por qué no entienden que a los que llevamos una tienda nos ocurre lo mismo.
—Si la gente pensase así, dejarían de abrir los domingos y de putear al personal.
—Amén a eso.

De camino al aparcamiento, le doy vueltas al día tan extraño que he vivido, cuando el móvil me suena dentro del bolso.

—¿Diga? —pregunto al descolgar. Desconozco el número y no tengo ni idea de quién se trata.
—Vera, soy Paqui. ¿Puedes venir? Tengo que hablar contigo. Es importante.
—¿Ocurre algo? ¿Le ha pasado algo a Claudia?

Noto cómo el corazón me late con fuerza y me obligo a detenerme. Con el día que he tenido, esto es lo último que me faltaba para rematarlo.

—No, que yo sepa. Es algo que quiero hablar en persona contigo. ¿Podrías venir ya mismo? Los clientes no tardarán en llegar y debo dejar este asunto zanjado cuanto antes.

Esta mujer es la amabilidad personificada. No es de extrañar que la Princess le tenga el cariño que le tiene.

Tras aceptar su invitación, Paqui, alias la Mère, y puede que mi futura suegra, me envía al móvil la ubicación del famoso local que regenta, La Mansión.

Ya es de noche cuando la puerta de la parcela se abre y aparco en el lateral izquierdo de la casa. Todo me es familiar pese a no haber estado nunca aquí. Las chicas me han hablado tanto de ella que es como si la conociera. Un hombre enorme sale a recibirme. Debe de ser Marlo.

—Señorita, acompáñeme. La Mère la está esperando.

La seriedad con la que me lo dice y el hecho de que haya venido a por mí me recuerdan a las series que tanto me gustan. Me pongo a tono y me emociono mientras lo sigo hacia el interior del chalet.

—Vera, pasa y siéntate —me indica Paqui al verme aparecer en su despacho.
—Hola, Paqui —la saludo haciendo lo que me pide. A Marlo lo oigo marcharse tras de mí.

La habitación es tal y como me la habían descrito las chicas. Es regia y sobria, como lo es su dueña. La amabilidad que mostró el día de mi liberación nada tiene que ver con la mujer que ahora tengo ante mí. Su estirada postura y su rostro serio pronto me indican que no se trata de una visita de cortesía.

—Tú dirás —digo con el presentimiento de que lo que viene a continuación no va a ser de mi agrado.
—Como te he dicho por teléfono, no tengo mucho tiempo, así que iré al grano. Quiero que dejes de ver a Enzo.

Su tajante respuesta me deja sin habla. Esta mujer es un témpano de hielo. Soy consciente de que le estoy muy agradecida por ayudarme a liberarme de los rusos, pero ¡por el amor de Dios, es imposible quererla! ¡Menuda suegra me he echado yo también!

—Con el debido respeto, no creo que estés en poder de decirme con quién debo o no debo verme.
—Te equivocas. Sí lo estoy. Y por eso te pido —la forma en que lo pronuncia me pone los pelos de punta— que dejes de verlo.
—¿Se te ha ocurrido pensar que él también quiere verme a mí?
—Eso era antes.

«¡El mensaje!»

—Dime qué está ocurriendo —le exijo sin esconder lo molesta que me siento. Atrás ha quedado la cordialidad. La conversación y lo que conlleva me están tocando las narices.
—No puedo decírtelo. Créeme, es mejor que sea así.
—¿Que sea cómo, Paqui? ¿Por qué todo lo que tiene que ver contigo es un puto misterio? ¿Por qué no eres franca y dices de una vez qué coño está pasando?
—¡Cuida ese tono conmigo, Vera!
—¡Pues cuida tú tus artimañas y tus jueguecitos, porque conmigo no van! Puede que a tus chicas las achantes, a la Sweet e incluso a tu hija. Pero te aseguro que conmigo no va a funcionar.
—Veo que sigues manteniendo el genio que tenías cuando eras pequeña.
—Te equivocas, ahora tengo más.

Nuestras miradas se retan con la misma fuerza que dos tornados chocan entre sí. Sentada en su majestuoso sillón, intenta defender su postura como matriarca de su imperio. ¡Me importa un bledo! Puede tener todas las mansiones que quiera, todos los despachos que desee y todos los matones a los que pueda pagar, pero ni ella ni diez como ella me van a convencer de dejar a Duarte. Estoy tremendamente colada por ese hombre. Él me salvó. Él me cuidó. Y eso jamás lo olvidaré.

—Si lo que te preocupa es que Claudia se entere, puedes estar tranquila porque…
—¡Por supuesto que me preocupa que mi hija se entere!

Empiezo a hartarme de que me levante la voz.

—Te hice una promesa y no pienso incumplirla —afirmo contundente.
—Olvídate de él —insiste.
—¡No pienso hacerlo!
—¡Y yo no pienso permitirte que lo sigas viendo!
—¿Qué pasa? ¿No soy lo bastante buena para tu hijo?

De tener las uñas largas, le arañaba toda la cara. ¿Cómo diablos se atreve?

—No se trata de eso.
—Entonces ¿de qué?
—No puedo decírtelo.
—¡Pues si no vas a ser sincera conmigo, esta charla ha terminado! —remato levantándome.
—¡Se acabará cuando yo lo diga! —grita poniéndose también en pie.

Estoy tan furiosa que no dudo un instante en acercarme a ella. Soy mucho más baja, y puede que incluso más que la mayoría de las personas que conozco, pero no pienso permitirle que se inmiscuya en mi vida de la forma en que lo está haciendo.

—Me importa una mierda lo que quieras —manifiesto plantándole cara—. No te voy a consentir que me digas con quién debo o no verme. No eres nadie para tener ese privilegio. Me habría gustado que esto fuese de otra forma, pero ya veo que no puedes entenderlo.
—¡Eres tú la que no entiende nada! —me grita.
—Y ¿qué es lo que tengo que entender? —Mi tono es igual que el suyo—. ¡Me gusta, a ver si se te mete en la cabeza! ¡Enzo me gusta y no pienso…!
—¡¡¡Joder, Vera, vienen a matarlo!!!






García de Saura

Autora Novela Romántica





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